lunes, 5 de enero de 2015

Esas ganas de hacer, de encontrarle su forma a la materia

Hace unas semanas fallecía Ángel González García. Los que tuvieron el privilegio de conocerlo, o han leído sus ensayos, no necesitan más datos sobre él. Para los que no lo han hecho sólo diré que era una de esas poquísimas personas cuyas ideas te cambian la forma de entender el mundo. En tercero de carrera ya poco esperaba yo de los profesores, salvo la transmisión de datos y de conocimientos largamente estudiados (o no). Y el primer día de curso aparece Ángel González y empieza a hablar maravillosamente bien sobre las cosas en apariencia más dispares, como la guillotina y la cerámica vidriada. Recuerdo que en ese primer momento pensé que era un loco muy inteligente; conforme fue avanzando el curso pensé que era un hombre verdaderamente genial cuya manera de mirar el Arte no tenía nada de locura en el mal sentido del término, sino tan sólo si por locura se entiende una mezcla de audacia, rebeldía, placer y ganas de vivir. Una mezcla capaz de hacer reflexionar a cualquiera, de llenar nuestros ojos de ganas de mirar y de volver a mirar lo que quizá nunca habíamos visto tal cual es.
 Ya no podremos asistir de oyentes a sus clases ni a sus conferencias, pero afortunadamente nos quedan sus brillantes textos. A continuación transcribo aquí un fragmento de "Pintar sin tener ni idea", contenido en el libro del mismo título, a propósito del Expresionismo:

"Pero ya va siendo hora de averiguar de dónde vienen esas ganas de hacer; esas ganas de encontrarle su forma a la materia; de tocarla, y tocarla, y tocarla...De dejar que manos y ojos hagan de las suyas; hagan lo suyo...Decir que vienen de adentro no es decir mucho, pues hay diversas clases de adentro; y yo diría que al menos dos: un adentro sin límites ni raíces, tan profundo como tenebroso, y que con el inocente nombre de Geist [Espíritu], que Kandinsky puso de moda en los círculos artísticos de vanguardia, disimula con cierto éxito su carácter presumiblemente maligno; y otro benigno del que hablaba por la misma época Ludwig Klages, el maestro idolatrado de Prinzhorn, resultante de la relación armoniosa entre alma y cuerpo-sin mediación alguna del maldito Geist-y tendente a una armonía del mismo rango entre el ser humano y este mundo en el que vive; una armonía que nunca dejaría de sentirse a través de los sentidos corporales, alborozadamente material, y que, según el propio Klages, se manifiesta y se rige por medio del ritmo. Todo lo cual viene a cuento de la idea que la gente suele hacerse no sólo del expresionismo histórico, sino también de ese otro y extravagante "expresionismo" que poco a poco se ha ido constituyendo en una categoría estética que trasciende la historia y-lo que es peor-ahora se suele identificar con cualquier modalidad de expresión artística. Pues bien: esa idea que se hace tanta gente empieza y acaba por creer que el arte consiste en sacar fuera, torrencial y atropelladamente, lo que el artista guardaba muy dentro de sí y tal vez incluso sólo para sí, en las profundas tinieblas de su alma: la clase de oscuros sentimientos-más que de luminosas sensaciones-que tanto interesaban a los psiquiatras. Y conste que al tratarse de sentimientos, y no de sensaciones, se entiende que radical o profundamente propios de cada artista, y casi diría que exclusivos de él; algo así como un excedente y un exceso de subjetividad, que es por cierto como Hegel se representaba la muerte del arte. También aquí, en esta representación que tantísima gente se hace de la categoría universal de "expresionismo" (y no deja de ser una parodia de expresión artística) las ganas juegan el papel principal; pero insisto en que no tanto las ganas de hacer como unas redundantes ganas de expresarse, sin que importe la forma en que salgan del sujeto poseído por ellas, y sin que nadie sepa con qué objeto."

Ángel González García, "Pintar sin tener ni idea", en Pintar sin tener ni idea y otros ensayos sobre arte, Lampreave y Millán, 2008.