martes, 4 de noviembre de 2014

Anónimos

Hace unos meses, en un lugar del todo inesperado, compré una escultura digna del mejor Giacometti. 
- ¿De dónde es?
- Mali. Oui, ancienne.
Un torbellino de preguntas sin respuesta daba comienzo al llegar a casa y quitarle los vendajes de páginas de períodico. ¿Quién la hizo? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Tenía utilidad? Todas estas cuestiones son inevitables si, por desgracia, a una la han adiestrado para preguntarse esto mismo sobre cada obra de arte que ve. Afortunadamente, casi toda la "historia" del Arte se escapa, si lo pensamos fríamente, a este tipo de interrogantes. Y definitivamente la pieza que acababa de traerme a casa era especialmente hermética. Menos mal. 

Investigando en un terreno que me era tan desconocido como el del arte tribal de Mali, llegué a la conclusión de que se trataba de una pieza realizada por el pueblo dogón. Sí, por el pueblo. Porque jamás deberíamos preguntarnos por la autoría de las piezas de arte ritual, si no queremos despojarlas de su esencia. Pensamos muy poco en lo artificial que resulta narrar la historia del Arte, o la historia de la Literatura, como una sucesión de logros personales, un progresivo aumento de las firmas, de los datos biográficos, un continuo de nombres y apellidos, de nombres y apellidos, de títulos y fechas, de títulos y fechas. Mientras tanto, en casi todos los rincones del mundo que continúan de espaldas a Occidente, el arte sigue siendo anónimo, porque es imprescindible que lo sea. Condescendientemente, nosotros lo llamamos entonces artesanía, ignorantes de la profundidad y de la enorme dimensión humana de este arte anónimo, que obedece a principios ancestrales y responde a preguntas primordiales. Un arte que no debería haber llegado jamás al salón de mi casa, porque pertenece irremediablemente a los territorios de los pueblos que lo crean y a su medida del tiempo. Pero ahí está. Y espero que me siga interrogando cada día.