martes, 4 de noviembre de 2014

Anónimos

Hace unos meses, en un lugar del todo inesperado, compré una escultura digna del mejor Giacometti. 
- ¿De dónde es?
- Mali. Oui, ancienne.
Un torbellino de preguntas sin respuesta daba comienzo al llegar a casa y quitarle los vendajes de páginas de períodico. ¿Quién la hizo? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Tenía utilidad? Todas estas cuestiones son inevitables si, por desgracia, a una la han adiestrado para preguntarse esto mismo sobre cada obra de arte que ve. Afortunadamente, casi toda la "historia" del Arte se escapa, si lo pensamos fríamente, a este tipo de interrogantes. Y definitivamente la pieza que acababa de traerme a casa era especialmente hermética. Menos mal. 

Investigando en un terreno que me era tan desconocido como el del arte tribal de Mali, llegué a la conclusión de que se trataba de una pieza realizada por el pueblo dogón. Sí, por el pueblo. Porque jamás deberíamos preguntarnos por la autoría de las piezas de arte ritual, si no queremos despojarlas de su esencia. Pensamos muy poco en lo artificial que resulta narrar la historia del Arte, o la historia de la Literatura, como una sucesión de logros personales, un progresivo aumento de las firmas, de los datos biográficos, un continuo de nombres y apellidos, de nombres y apellidos, de títulos y fechas, de títulos y fechas. Mientras tanto, en casi todos los rincones del mundo que continúan de espaldas a Occidente, el arte sigue siendo anónimo, porque es imprescindible que lo sea. Condescendientemente, nosotros lo llamamos entonces artesanía, ignorantes de la profundidad y de la enorme dimensión humana de este arte anónimo, que obedece a principios ancestrales y responde a preguntas primordiales. Un arte que no debería haber llegado jamás al salón de mi casa, porque pertenece irremediablemente a los territorios de los pueblos que lo crean y a su medida del tiempo. Pero ahí está. Y espero que me siga interrogando cada día. 

viernes, 10 de octubre de 2014

¿Qué leía Julio Cortázar?

Anthony Burgess,
Du miel pour les ours: roman,
Acropole, París, 1980.
Biblioteca Julio Cortázar,
Colección Fundación Juan March.
Este año tuve la inmensa suerte de colaborar en el proyecto expositivo Libros (y otras publicaciones) de artista, 1947-2013 durante mis prácticas en la Fundación Juan March. No fue casual que aproximadamente la mitad de los objetos que se exponían en esta muestra perteneciese a la biblioteca privada de Julio Cortázar, donada por su viuda a la Fundación en 1993, un auténtico tesoro para lectores, bibliófilos, apasionados del escritor y curiosos en general. Porque, hay que reconocerlo, todos somos bastante cotillas cuando se trata de bucear entre objetos personales de autores que admiramos. 


Arthur Rimbaud,
Una temporada en el infierno,
Séneca, México, 1942.
Biblioteca Julio Cortázar,
Colección Fundación Juan March.
Julio Cortázar vivía entre las páginas de Francisco de Aldana, Guillaume Apollinaire, Apolonio de Rodas, Aristófanes, Woody Allen, Charles Baudelaire, Samuel Beckett, Bertolt Brecht, Antonio Buero Vallejo, Charles Bukowski, Anthony Burgess, William Burroughs, Dino Buzzati, Pedro Calderón de la Barca, Truman Capote, Noam Chomsky, Kenneth Clark, Leonard Cohen, Colette, Thomas De Quincey, Fiodor Dostoyevsky, Bob Dylan, Mircea Eliade, Eurípides, Allen Ginsberg, Eugène Ionesco, Carl Gustav Jung, Franz Kafka, H. P. Lovecraft, Jorge Manrique, Augusto Monterroso, Vladimir Nabokov, Anaïs Nin, Flannery O'Connor, Erwin Panofsky, Ezra Pound, Quino, Arthur Rimbaud, Juan Rulfo, Anne Sexton, Tristan Tzara, César Vallejo, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar...y así hasta 1162 nombres de autores que cubren el ancho del mundo y el largo de la historia. 

Páginas más o menos gastadas a fuerza de pasarlas, amarillentas, dedicadas o anotadas; páginas casi escultóricas, desplegables, como las de los libros-objeto de Octavio Paz; de una rara belleza; páginas únicas e inclasificables. La biblioteca de Julio Cortázar no era únicamente un paraíso para la lectura, sino también para el tacto y la vista y en ella convivían las ediciones de bolsillo con los manuscritos y los libros más extraños y exquisitos que puedan imaginarse. Esta es la otra cara de la moneda, el reverso del riquísimo mundo de creación literaria de Julio Cortázar. Disfrutad.


Octavio Paz, Vrindaban, Claude Givaudan, Ginebra, 1966.
Biblioteca Julio Cortázar, Colección Fundación Juan March.

J. M. Folon, La vie sentimentale de J. M. Folon, Olivetti, Italia?, 1969.
Biblioteca Julio Cortázar, Colección Fundación Juan March.

Claude Tarnaud, L'incendiare; Les feux du diamant, Nueva York, 1961.
Biblioteca Julio Cortázar, Colección Fundación Juan March.





jueves, 25 de septiembre de 2014

Ciudades

L. S. Lowry, Old Town, 1941

Suelo pensar que una ciudad es el mejor de los poemas. De repente una calle despierta en tu interior esa extrañeza, esa mezcla de pena y de alegría por las cosas que creías ya olvidadas; en el aire de un verano en una inesperada plaza se mece otro verano mucho más distante, la misma pesadez en el ambiente, la misma forma de filtrarse el sol agonizante entre los árboles; las fachadas de un barrio que tus pies transitan por vez primera son los muros que cercaron otro instante de tu vida, en otro barrio, en otro año impreciso. Muchas veces me encuentro con mi sombra paseando las calles de mi infancia de una ciudad en la que no he nacido. Y otras veces las ventanas son tan tristes como el pozo más oscuro del recuerdo, la altura de las casas dibuja los instantes verticales que escondo en la memoria, el olor de una calle junto a un parque me hace verme pequeña, mirando el mundo casi a ras de suelo, tratando de descifrar el lenguaje tan raro de mis padres.

Y siento, para colmo, una profunda nostalgia por las ciudades en las que nunca he estado.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Este espacio de libertad

Llevo casi un mes escribiendo sin ganas, forzada por los plazos de entrega, calculando cuántas páginas debía escribir por hora si quería presentar las cosas dentro de fecha (tampoco me quedaba otro remedio que hacerlo, un máster es un trámite muy caro). El resultado: casi cien folios muy correctos, muy ortodoxos y muy aburridos, en los que he puesto casi todo mi tiempo pero nada de mí.

Un día de esos de desgaste bibliotecario me llega un mensaje de La Galla Ciencia, proponiéndome participar con este blog en su proyecto. Jamás una invitación a escribir podría haberme dado más alegría, a mí que nunca o casi nunca escribo nada. Entro aquí como quien entra en casa después de trabajar muy lejos, para hablar de las cosas que me gustan, de las que no me gustan, de las que me sorprenden...con el alivio de no tener la espada de Damocles de la formalidad académica que tanto odio pendiendo sobre mí. 

Para hablar de la insistente música de la poesía que nunca he escrito, de las huellas de los artistas de quienes nunca sabré el nombre, de los recuerdos de lo que nunca he tenido, de aquello que me importa sólo a mí pero quiero intentar que os apasione a vosotros, sin poder explicar siquiera de qué se trata. Para eso este espacio de libertad. 

Bienvenida yo y bienvenidos todos.