jueves, 7 de mayo de 2015

Un poema sin título

Aunque el esquema de mis días de este año, de este año de paro, no guarda ninguna relación con los días de mi año anterior, cansados y atareados como pocos, mi vida sigue siendo más o menos como la describí, hace ya muchos meses, en el que hasta el momento es mi último poema:

Mi sombra y yo alargadas
bajo el disco solar que se desploma;
oscuras, invisibles
si se cierra la noche;
nuevas, mi luz y yo
cuando comienza el día.

Mis pasos me conducen hacia mis propios pasos,
mis gestos son espejo de mis gestos,
lo que digo lo he dicho ya mañana.
Los altísimos ojos de párpados inmóviles
de las casas conocen mis horarios.
Los que me observan siempre son los mismos.

Hay algo ritual en la rutina:
el drama de la muerte cada noche,
el renacer en las acciones mínimas,
el regreso al lugar del que venimos.
Y el nudo del deseo
que es nuevo cada vez y es invariable.

Mi vida es imitación de vida
y recreación de muerte
y volver a tus brazos.
Allí el mundo y el tiempo flotan lejos:
islas soñadas en la duermevela.

[María M. Bautista, noviembre de 2013]

miércoles, 11 de febrero de 2015

Propósitos de Año Nuevo

Yo tenía un propósito de Año Nuevo un tanto peculiar: terminar un poema, concretamente uno que empecé hace dos años. Qué cosa tan absurda, que durante tanto tiempo convivan conmigo, importunándome de cuando en cuando, algunas ideas y uno o dos versos que no suelen llevar a ninguna parte. Y es que nunca antes de este año me había propuesto escribir, en el sentido de materializar por fin lo que sólo son vagos fogonazos malamente expresados por palabras. "Proponérmelo", pensé yo, "seguramente facilite las cosas. A lo mejor lo mío ha sido siempre una cuestión de vaguería... quién sabe". Si lo era, mi voluntad de enmendarme debe de haber resultado poco firme, porque por ahí anda ese poema igual de mutilado e incompleto que estaba antes de terminar el año. Y el año anterior. Pero yo prefiero pensar que es que la poesía es una cuestión de exactitud: a lo que quiera que sea el germen de un poema no le valen, o no deberían valerle casi nunca, los versos porque sí. Ninguna palabra debería ser en él un mero nexo entre otras dos, ninguna la aproximación más vaga y más confusa a esa idea inicial. Hay algo dentro de mí que me repite que no escriba si no conozco la palabra exacta que se corresponde con la nebulosa, tan nítida cuando la pienso abstracta y muda, de lo que quiero decir. Hay algo que me dice que escribir un poema es la antítesis de escribir un poema.

lunes, 5 de enero de 2015

Esas ganas de hacer, de encontrarle su forma a la materia

Hace unas semanas fallecía Ángel González García. Los que tuvieron el privilegio de conocerlo, o han leído sus ensayos, no necesitan más datos sobre él. Para los que no lo han hecho sólo diré que era una de esas poquísimas personas cuyas ideas te cambian la forma de entender el mundo. En tercero de carrera ya poco esperaba yo de los profesores, salvo la transmisión de datos y de conocimientos largamente estudiados (o no). Y el primer día de curso aparece Ángel González y empieza a hablar maravillosamente bien sobre las cosas en apariencia más dispares, como la guillotina y la cerámica vidriada. Recuerdo que en ese primer momento pensé que era un loco muy inteligente; conforme fue avanzando el curso pensé que era un hombre verdaderamente genial cuya manera de mirar el Arte no tenía nada de locura en el mal sentido del término, sino tan sólo si por locura se entiende una mezcla de audacia, rebeldía, placer y ganas de vivir. Una mezcla capaz de hacer reflexionar a cualquiera, de llenar nuestros ojos de ganas de mirar y de volver a mirar lo que quizá nunca habíamos visto tal cual es.
 Ya no podremos asistir de oyentes a sus clases ni a sus conferencias, pero afortunadamente nos quedan sus brillantes textos. A continuación transcribo aquí un fragmento de "Pintar sin tener ni idea", contenido en el libro del mismo título, a propósito del Expresionismo:

"Pero ya va siendo hora de averiguar de dónde vienen esas ganas de hacer; esas ganas de encontrarle su forma a la materia; de tocarla, y tocarla, y tocarla...De dejar que manos y ojos hagan de las suyas; hagan lo suyo...Decir que vienen de adentro no es decir mucho, pues hay diversas clases de adentro; y yo diría que al menos dos: un adentro sin límites ni raíces, tan profundo como tenebroso, y que con el inocente nombre de Geist [Espíritu], que Kandinsky puso de moda en los círculos artísticos de vanguardia, disimula con cierto éxito su carácter presumiblemente maligno; y otro benigno del que hablaba por la misma época Ludwig Klages, el maestro idolatrado de Prinzhorn, resultante de la relación armoniosa entre alma y cuerpo-sin mediación alguna del maldito Geist-y tendente a una armonía del mismo rango entre el ser humano y este mundo en el que vive; una armonía que nunca dejaría de sentirse a través de los sentidos corporales, alborozadamente material, y que, según el propio Klages, se manifiesta y se rige por medio del ritmo. Todo lo cual viene a cuento de la idea que la gente suele hacerse no sólo del expresionismo histórico, sino también de ese otro y extravagante "expresionismo" que poco a poco se ha ido constituyendo en una categoría estética que trasciende la historia y-lo que es peor-ahora se suele identificar con cualquier modalidad de expresión artística. Pues bien: esa idea que se hace tanta gente empieza y acaba por creer que el arte consiste en sacar fuera, torrencial y atropelladamente, lo que el artista guardaba muy dentro de sí y tal vez incluso sólo para sí, en las profundas tinieblas de su alma: la clase de oscuros sentimientos-más que de luminosas sensaciones-que tanto interesaban a los psiquiatras. Y conste que al tratarse de sentimientos, y no de sensaciones, se entiende que radical o profundamente propios de cada artista, y casi diría que exclusivos de él; algo así como un excedente y un exceso de subjetividad, que es por cierto como Hegel se representaba la muerte del arte. También aquí, en esta representación que tantísima gente se hace de la categoría universal de "expresionismo" (y no deja de ser una parodia de expresión artística) las ganas juegan el papel principal; pero insisto en que no tanto las ganas de hacer como unas redundantes ganas de expresarse, sin que importe la forma en que salgan del sujeto poseído por ellas, y sin que nadie sepa con qué objeto."

Ángel González García, "Pintar sin tener ni idea", en Pintar sin tener ni idea y otros ensayos sobre arte, Lampreave y Millán, 2008.


martes, 4 de noviembre de 2014

Anónimos

Hace unos meses, en un lugar del todo inesperado, compré una escultura digna del mejor Giacometti. 
- ¿De dónde es?
- Mali. Oui, ancienne.
Un torbellino de preguntas sin respuesta daba comienzo al llegar a casa y quitarle los vendajes de páginas de períodico. ¿Quién la hizo? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Tenía utilidad? Todas estas cuestiones son inevitables si, por desgracia, a una la han adiestrado para preguntarse esto mismo sobre cada obra de arte que ve. Afortunadamente, casi toda la "historia" del Arte se escapa, si lo pensamos fríamente, a este tipo de interrogantes. Y definitivamente la pieza que acababa de traerme a casa era especialmente hermética. Menos mal. 

Investigando en un terreno que me era tan desconocido como el del arte tribal de Mali, llegué a la conclusión de que se trataba de una pieza realizada por el pueblo dogón. Sí, por el pueblo. Porque jamás deberíamos preguntarnos por la autoría de las piezas de arte ritual, si no queremos despojarlas de su esencia. Pensamos muy poco en lo artificial que resulta narrar la historia del Arte, o la historia de la Literatura, como una sucesión de logros personales, un progresivo aumento de las firmas, de los datos biográficos, un continuo de nombres y apellidos, de nombres y apellidos, de títulos y fechas, de títulos y fechas. Mientras tanto, en casi todos los rincones del mundo que continúan de espaldas a Occidente, el arte sigue siendo anónimo, porque es imprescindible que lo sea. Condescendientemente, nosotros lo llamamos entonces artesanía, ignorantes de la profundidad y de la enorme dimensión humana de este arte anónimo, que obedece a principios ancestrales y responde a preguntas primordiales. Un arte que no debería haber llegado jamás al salón de mi casa, porque pertenece irremediablemente a los territorios de los pueblos que lo crean y a su medida del tiempo. Pero ahí está. Y espero que me siga interrogando cada día. 

viernes, 10 de octubre de 2014

¿Qué leía Julio Cortázar?

Anthony Burgess,
Du miel pour les ours: roman,
Acropole, París, 1980.
Biblioteca Julio Cortázar,
Colección Fundación Juan March.
Este año tuve la inmensa suerte de colaborar en el proyecto expositivo Libros (y otras publicaciones) de artista, 1947-2013 durante mis prácticas en la Fundación Juan March. No fue casual que aproximadamente la mitad de los objetos que se exponían en esta muestra perteneciese a la biblioteca privada de Julio Cortázar, donada por su viuda a la Fundación en 1993, un auténtico tesoro para lectores, bibliófilos, apasionados del escritor y curiosos en general. Porque, hay que reconocerlo, todos somos bastante cotillas cuando se trata de bucear entre objetos personales de autores que admiramos. 


Arthur Rimbaud,
Una temporada en el infierno,
Séneca, México, 1942.
Biblioteca Julio Cortázar,
Colección Fundación Juan March.
Julio Cortázar vivía entre las páginas de Francisco de Aldana, Guillaume Apollinaire, Apolonio de Rodas, Aristófanes, Woody Allen, Charles Baudelaire, Samuel Beckett, Bertolt Brecht, Antonio Buero Vallejo, Charles Bukowski, Anthony Burgess, William Burroughs, Dino Buzzati, Pedro Calderón de la Barca, Truman Capote, Noam Chomsky, Kenneth Clark, Leonard Cohen, Colette, Thomas De Quincey, Fiodor Dostoyevsky, Bob Dylan, Mircea Eliade, Eurípides, Allen Ginsberg, Eugène Ionesco, Carl Gustav Jung, Franz Kafka, H. P. Lovecraft, Jorge Manrique, Augusto Monterroso, Vladimir Nabokov, Anaïs Nin, Flannery O'Connor, Erwin Panofsky, Ezra Pound, Quino, Arthur Rimbaud, Juan Rulfo, Anne Sexton, Tristan Tzara, César Vallejo, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar...y así hasta 1162 nombres de autores que cubren el ancho del mundo y el largo de la historia. 

Páginas más o menos gastadas a fuerza de pasarlas, amarillentas, dedicadas o anotadas; páginas casi escultóricas, desplegables, como las de los libros-objeto de Octavio Paz; de una rara belleza; páginas únicas e inclasificables. La biblioteca de Julio Cortázar no era únicamente un paraíso para la lectura, sino también para el tacto y la vista y en ella convivían las ediciones de bolsillo con los manuscritos y los libros más extraños y exquisitos que puedan imaginarse. Esta es la otra cara de la moneda, el reverso del riquísimo mundo de creación literaria de Julio Cortázar. Disfrutad.


Octavio Paz, Vrindaban, Claude Givaudan, Ginebra, 1966.
Biblioteca Julio Cortázar, Colección Fundación Juan March.

J. M. Folon, La vie sentimentale de J. M. Folon, Olivetti, Italia?, 1969.
Biblioteca Julio Cortázar, Colección Fundación Juan March.

Claude Tarnaud, L'incendiare; Les feux du diamant, Nueva York, 1961.
Biblioteca Julio Cortázar, Colección Fundación Juan March.





jueves, 25 de septiembre de 2014

Ciudades

L. S. Lowry, Old Town, 1941

Suelo pensar que una ciudad es el mejor de los poemas. De repente una calle despierta en tu interior esa extrañeza, esa mezcla de pena y de alegría por las cosas que creías ya olvidadas; en el aire de un verano en una inesperada plaza se mece otro verano mucho más distante, la misma pesadez en el ambiente, la misma forma de filtrarse el sol agonizante entre los árboles; las fachadas de un barrio que tus pies transitan por vez primera son los muros que cercaron otro instante de tu vida, en otro barrio, en otro año impreciso. Muchas veces me encuentro con mi sombra paseando las calles de mi infancia de una ciudad en la que no he nacido. Y otras veces las ventanas son tan tristes como el pozo más oscuro del recuerdo, la altura de las casas dibuja los instantes verticales que escondo en la memoria, el olor de una calle junto a un parque me hace verme pequeña, mirando el mundo casi a ras de suelo, tratando de descifrar el lenguaje tan raro de mis padres.

Y siento, para colmo, una profunda nostalgia por las ciudades en las que nunca he estado.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Este espacio de libertad

Llevo casi un mes escribiendo sin ganas, forzada por los plazos de entrega, calculando cuántas páginas debía escribir por hora si quería presentar las cosas dentro de fecha (tampoco me quedaba otro remedio que hacerlo, un máster es un trámite muy caro). El resultado: casi cien folios muy correctos, muy ortodoxos y muy aburridos, en los que he puesto casi todo mi tiempo pero nada de mí.

Un día de esos de desgaste bibliotecario me llega un mensaje de La Galla Ciencia, proponiéndome participar con este blog en su proyecto. Jamás una invitación a escribir podría haberme dado más alegría, a mí que nunca o casi nunca escribo nada. Entro aquí como quien entra en casa después de trabajar muy lejos, para hablar de las cosas que me gustan, de las que no me gustan, de las que me sorprenden...con el alivio de no tener la espada de Damocles de la formalidad académica que tanto odio pendiendo sobre mí. 

Para hablar de la insistente música de la poesía que nunca he escrito, de las huellas de los artistas de quienes nunca sabré el nombre, de los recuerdos de lo que nunca he tenido, de aquello que me importa sólo a mí pero quiero intentar que os apasione a vosotros, sin poder explicar siquiera de qué se trata. Para eso este espacio de libertad. 

Bienvenida yo y bienvenidos todos.